Re-enamorándome de la profesión

Mariel Loaiza, Lic. Educación Infantil
20 Junio de 2017

Hace un poco más de un mes me llegó un correo que tenía dos propósitos: por un lado, agradecer por mi trabajo realizado en un colegio ubicado en el sur de Bogotá, y por otro, informarme que no necesitaban más de mi servicio, pues la clase que doy usualmente (literatura) la reemplazarían por otra (danza). Debo aceptar que fue un correo doloroso, o mejor: ¡muy doloroso! Al comienzo supuse que el dolor nacía del hecho de no seguir recibiendo ese dinero, pero recordé que es la empresa más incumplida en cuestiones de pago, con la que he trabajado… así que por ese lado no era. Entonces le eche la culpa a la sensación ser un desempleado más, pero inmediatamente pensé en que cuento (afortunadamente) con un par de trabajos más, que ayudan con las cuentas… por ese lado tampoco era. Así que no me quedó de otra que darme a la tarea de encontrar cuál era el más grande motivo por el que haberme quedado sin ese empleo, me dolía de esa manera.

El empleo consistía en dar clases de literatura a niños y niñas de tercer grado, allí contaba con una hora, la cual aprovechaba al máximo para hacer cumplir mis propósitos con ellos. Diariamente nos encontrábamos en un espacio pequeño en un tiempo corto, pero que eran suficientes para que tanto ellos como yo, aprendiéramos. ¡Sí, claro! Había días en que quería salir corriendo. Pero en su mayoría me amañé. Me amañé enseñando y aprendiendo.

Una de las ventajas (porque no quiero hablar de las desventajas) de no tener trabajo, es que cuentas con mucho tiempo libre, y con él, viene que tienes mucho tiempo para pensar. Mientras lavas la loza, mientras haces oficio, mientras te despiertas en la mañana mirando al techo sin ningún afán de llegar tarde a algún lugar, o bueno… eso me pasó a mí; y en ese va y viene de pensamientos me di cuenta que mi decepción no giraba en torno al dinero sino que estaba ligado directamente a las personas que dejaría de ver.

Ser maestro implica que surja constantemente de nosotros una característica: la sentimental; no sé si en otros trabajos suceda así, pero sé que ser maestro nos envuelve de emoción, sentimiento y apego hacia otros. Seis meses bastaron para apropiarme tanto de esos cursos, que cuando comprendí que no los volvería a ver (no como la maestra de literatura), se desbarató parte de mi mundo. Supongo que la mayoría de lectores habrán sentido eso que llaman popularmente como el “despecho”, pues eso sentí: rabia por no poder continuar en algo que me ponía tan contenta; celos de imaginar que los niños y niñas se enamoraran de otro profesor y me olvidaran; tristeza por no poder verlos de nuevo y amargura de sentir que había podido hacer mejor las cosas.

Pero también fue comprender que al gran esfuerzo que se debe hacer para ser profesor, a la dificultad para encontrar un buen empleo y a la escasez de buenos sueldos, se les suma el poco reconocimiento hacia la labor de ser maestro. Fue entender que ese correo representó que no se valorara lo que hice (o lo que intente hacer) en clase con esos estudiantes. Lo más triste es que esto no me ha pasado solo a mí, sino que son muchos los que queremos que los demás entiendan que así como el futbolista deja todo de él en la cancha, los maestros dejamos todo de nosotros en las aulas.

Si estas líneas las está leyendo alguien que subestima a los maestros, le digo algo que todos los maestros decimos en algún momento: “quiero verlo dando clase, a ver cómo le va”. Y si lo está leyendo un maestro déjeme decirle que si usted no valora su trabajo, nadie lo hará. Y quiero pensar que la frase que dijo nuestro queridísimo Gabo en su discurso de aceptación del Premio Nobel: “Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida”, cabe en el contexto de la educación, y que la respuesta que debemos dar los maestros frente al poco sueldo y garantías y al poco reconocimiento que se nos da, es el de pensar y actuar por ellos: los estudiantes que, parezca o no, nos necesitan tanto.

Porque en ultimas estas son las reglas de este juego llamado “educación”. Nos formamos especialmente para ellos, y afortunadamente, así como el despechado se consigue a otra persona y se olvida de la anterior, con este artículo yo me animo; pensando en que el/la profesor/a que me reemplazó se está enamorando también, y así mismo yo, me enamoraré otra vez.

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Comentario: 
Dicen que ser profesor en Colombia es una de las peores profesiones pagas en este pais, sin embargo, estoy de acuerdo hasta cierto punto. Si soy un profesional con conocimientos de alto nivel puedo cobrar muchisimo más pues es cada día más escaso el profesor que se empeña por conseguir certificaciones internacionales(que soy muy economicas: Ielts, Celta, MET, Cambridge etc) o que se tecnifique para enseñas temas tan complejos como: Modification Groups, Perfect Present, Tenses Combinations y mucho más. Prueba de ello es que ayer domingo por unas cuantas horas le cobre a un par de estudiantes universitarios $200.000 pesos para explicarles dichos temas y quedaron tan agradecidos que en pocos días iniciarán un curso conmigo. El estudiante en su gran mayoria es agradecido y dispuesto a pagar si nuestro valor agregado es técnicas avanzadas de enseñanza, dominio de temas complejos, puntualidad, y calidez humana...