Carta a un maestro agotado

Mariel Loaiza, Licenciada en Educación Infantil
17 de Agosto de 2017

Tu, maestro. Quien día a día se levanta a hacer la diferencia. Tú que estás cansado y con todo el derecho del mundo, pues sientes la carga que conlleva enseñar sobre tu espalda, si que pesa ¿verdad? Y pesa cada vez más.

Pero ese peso no es porque no te guste lo que haces, es porque día tras día intentas hacer que otra persona aprenda más, conozca más, crezca más y eso… pesa.

Lidiar con sus problemas, con sus angustias, con sus debilidades, pesa.

Hoy te duele a ti maestro, que tu estudiante aún no comprenda que en últimas vives buscando las mejores palabras, los mejores actos, los mejores gestos para su bien.

Eres por él. Tú que vives inconforme, te sientes impotente.

Quisieras cambiar todas las dinámicas, los pensamientos, transformar, pero no pasa.

Has llegado al punto, otra vez, en donde subes la mirada hacia tu meta, hacia tu propósito más grande y te das cuenta que aún falta.

Que falta mucho. Y te duelen los pies por caminar en senderos ignorados, invisibilizados.

Ahora, intenta recordar. Trae a tu memoria el gozo que sientes cuando enseñas.

Piensa que como todo lo malo, pasará. Recuerda que lo que haces te gusta, te apasiona.

Recuerda el día en que escogiste ser profesor. Decidido a enseñar, a apegarte a los sueños algo utópicos de transformar el mundo.

No los dejes ir. Deja que esa utopía te envuelva de nuevo y te devuelva las fuerzas, las ganas, la valentía, la motivación para seguir en este camino duro, pesado, difícil, pero hermoso de educar, de enseñar, de ser profesor, de ser un maestro.

Un maestro fuerte, luchador al que nada lo puede derribar. Mírate al espejo maestro, mírate fuerte, único, valioso, inmortal, soba tus heridas, tus dolores y continúa. Corre. Vuela.

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